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lunes, febrero 28

La contaminación del trabajo: la visión del trabajador



Cuando hablé de la contaminación del trabajo en un artículo anterior, me quejé de la alienación de la persona humana desde los equipos directivos de algunas empresas y, cada vez más, desde las Administraciones Públicas, al considerar al trabajador, desde una visión materialista, como un mero elemento de producción, en el fondo: un "computador" algo más sofisticado que, además hay que tratar con cara de perro para que produzca. Eso es uno de los frutos del "progresismo materialista", que introduce el conflicto de clases en todos los ámbitos de las relaciones humanas.


Ante ese artículo tuve una respuesta de una gran amiga que comentaba, por experiencia, que realmente hay que tratar con dureza a los trabajadores para que no se escaqueen, que la vida real es así. ¿Es necesariamente así?


Ciertamente el elemento cultural actual, el que se ha puesto como motor de la actividad humana es "la apetencia personal", "el buenismo sentimental" y el "propio interés"; con esas premisas es claro que el trabajo profesional se concibe como una carga necesaria, un tiempo que tengo que dedicar a ganar el sustento o el recurso para mis otras actividades, las importantes, en las que me lo paso bien. Un síntoma es que la crisis no ha reducido en absoluto "el botellón".


Si sólo se trabaja porque no hay más remedio, si hay una visión tan negativa del trabajo, si se ve como el mal necesario, es obvio que es "territorio hostil", y, por tanto en vez de jefe compañero y amigo, se ve al capataz, o más aún al negrero. Y la producción se convierte en una cuestión de subsistencia, de mínimos necesarios, o de máximos competitivos porque me echan o porque echarán a diez y no quiero estar entre ellos. El trabajador sería un "animal salvaje" y el empleador un "domador".


Quizá exagero un poco, pero llevo al límite los frutos de la cultura edonista y materialista en el mundo laboral para hacer más claro el contraste del camino acorde con la naturaleza humana. Y es que el trabajo aporta a la empresa más si el trabajador es parte de ella, si se le considera como un ser humano transcendente a la materialidad de la "producción", y si el trabajador ve en el empresario algo más que un capataz, pues es alguien que arriesga su dinero y su esfuerzo, y su salud, por generar bienes que sirven a la sociedad; y así también en la Administración pública en la que el empleado es un engranaje de servicio a las personas que componen la sociedad a la que sirven.


La lucha de clases ha contaminado por arriba y por abajo las relaciones laborales. Una concepción humanista del trabajo las sanearía. Lo que no significa que esas relaciones humanas olviden las claves de un buen trabajo: exigencia, calidad, dedicación, formación, competencia, esfuerzo, etcétera.


En el fondo hay que pensar que el trabajo dignifica a la persona y enriquece a todo el cuerpo social. Valdría la pena releer los escritos de los Pontífices Romanos sobre materia social para fomentar un nuevo humanismo basado en considerar a las personas como algo más que un mero elemento de producción, para ver que la Empresa no es sin empresario y trabajador, que el proyecto es común y exige sacrificios y responsabilidad por ambas partes, que la sociedad está compuesta por hombres y mujeres y está a su servicio; y el mundo de la empresa no puede ser hostil al ser humano.


frid

martes, mayo 18

El trabajo en la época del hedonismo


El otro día comenté que habíamos vuelto a la sociedad estamental de la Edad Media pero sin sus ventajas, la realidad es que la Sociedad siempre está estamental: unos mandan, otros obedecen; en todos los ámbitos existe alguien con autoridad; y esa autoridad puede ejercerse con mentalidad de servidor o de dueño.

Los ilustrados de la Revolución Francesa no son muy diferentes en su mentalidad al Rey absoluto: ellos organizaron la sociedad porque eran unos iluminados, y nos sacrificaron por nuestro propio bien. También sacrificaron al pueblo los sistemas totalitarios: el marxismo en sus distintas versiones, el fascismo alemán e italiano dieron el fruto de millones de muertos.

En la época del individualismo, de la exaltación del Yo, esa mentalidad de dominio se ha llevado al más indefenso de todos los seres: el niño en el seno de la madre está a su servicio como una cosa y puede ser sacrificado por su propio bien: para que no nazca en el ambiente infeliz de no haber sido querido. ¿Pero no habrá nadie que le quiera que no sea su madre?

En esta época el trabajo ha vuelto a verse como un castigo, como un mal necesario para conseguir los recursos necesarios para los locos fines de semana ya largos de dos días y medio. El trabajo se ha vuelto una maldición, salvo el que supone hacer trabajar a los demás en mi propio provecho, por eso en la sociedad del hedonismo el hacer carrera, la auténtica carrera, es la política: sin saber, sin demostrar la valía, sin ética, sin principios puedo llegar a mandar sobre una colectividad, puedo hacer que me alimenten, puedo vivir de su dinero y, además, sólo tengo que tenerlos embriagados por mis palabras.

Decía en el anterior artículo que nosotros somos responsables: sólo teníamos tiempo para trabajar, para labrar un porvenir a nuestros hijos y dejamos el noble arte de la política en las manos más innobles.

Pero esa mentalidad se ha extendido en los puestos intermedios, esos que denominamos Altos Cargos: los dirigentes políticos han ubicado ahí, incluso presionando sobre algunas empresas que necesitan subvención, a sus familiares, a sus secuaces, a sus clientes. Y el criterio aplicado no ha sido el de capacidad sino el de lealtad, afiliación, cuota, rebajando la calidad de nuestros dirigentes.

En esa sociedad la gran preocupación, en tiempo de crisis, no es la solidaridad sino que a mí no me toquen, que recorten al contrario, que actúen sobre el "rico" (ojo que hoy los ricos son los socialistas en gran parte), sin pensar que el gestor incompetente debe abandonar el timón del barco.

Mientras tanto la movida sigue viva; el español se divierte y olvida aprovechando la calderilla en lo que considera prioritario: disfrutar al máximo.

Esa mentalidad hedonista, fomentada por la progresía como mensaje preferencial a nuestros jóvenes, y ahora con la Educación para la Ciudadanía, también a niños y adolescentes, se ha convertido en un lastre para que salgamos de la crisis: antes de comenzar, les ha hecho perder el gusto al trabajo.

frid

lunes, mayo 17

Volviendo a la Edad Media


Hubo una época en el que el trabajo se valoraba según su inmaterialidad; cuanto mas espiritual más digno. Por eso se consideraba que el trabajo de los monjes y de las Universidades hacía más digno al hombre, ya que cultivaba su espíritu, y más aún si ese espíritu se alimentaba del trato divino.

Con esa concepción la guerra era la tarea de los nobles, no tanto por el hecho de pelear sino por la necesidad de mantener el orden social. El noble derivaba el trabajo manual a los de abajo, a los siervos que en esa concepción medieval estaban vinculados a la tierra.

Esa estructura social piramidal no era muy diferente a la de las castas y de las sociedades tribales actuales. Las castas condenan al ser humano a un menester por su nacimiento. Pero las tribus le condenan a la pobreza que, algunos cretinos denominan "identidad cultural".

Cuando la teología del trabajo analiza esta situación corrige este planteamiento derivando la dignidad del trabajo en tres aspectos: la perfección con que se realiza, el servicio que presta a la sociedad y el amor a Dios que se pone en él. En ese sentido San Josemaría Escrivá abrió un gran horizonte para la reflexión.

Hace pocos años la tentación de muchos era dedicar al trabajo todo su afán, la profesionalitis, con grave descuido de otras ocupaciones familiares y sociales del individuo. Quizá por esa razón, por esa borrachera en el hacer, llegaron esos locos que se autodenominan políticos y se pusieron a organizar la sociedad porque los demás no teníamos tiempo.

Hoy sigue habiendo una sociedad piramidal: arriba de la escala están los privilegiados, los dirigentes, cuyo objetivo es permanecer, manejar nuestro dinero en aquello que les parece bien, cambiar nuestro modo de pensar, y que no nos rebelemos. Ellos son los pastores, pero de los que viven de las ovejas.

El segundo escalón de la sociedad son los órganos asociativos que nos representan: sindicatos y asociaciones empresariales, incluyendo la SGAE con sus abusos manifiestos. Se han erigido en voceras, mas que en portavoces, de los de abajo para exigir nuestros derechos, pero en realidad, se han convertido en grupos alimentados por los iluminados que nos gobiernan. Ceban a diez que dicen representar a cien y les sale más barato.

Y luego estamos la clase de la gleba, los ciudadanos que sufrimos los recortes salariales del 5% para que ellos puedan seguirse alimentando, o el estancamiento de las pensiones mientras planea sobre los jubilados la"eutanasia solidaria", o las madres valientes que se animan a tener hijos, nuevas ovejas para ser esquilmadas por los nuevos dirigentes.

No es de extrañar esa inquina de los progresistas a la obscura edad media, porque repiten sus errores pero sin ninguna de sus virtudes.

Los "intelectuales medievales" inventaron la tregua santa, la protección del lugar sagrado, las virtudes que debían impregnar al caballero cristiano, el descanso dominical, los hospitales, las escuelas, las Universidades, las Bibliotecas... con las que procuraron humanizar y educar un tiempo sin tantos adelantos técnicos pero que se esforzaba, con altibajos, en ser más humano.

frid