jueves, abril 1

Un vía crucis muy particular

 
 
Todos los años es costumbre ya, que el Papa encargue a una persona de reconocido prestigio el Vía Crucis que se leerá en el Coliseo Romano, lugar de gran importancia para la Iglesia por la multitud de mártires que regaron el arena con su sangre.
 
Normalmente el Vía Crucis es una representación piadosa, llena de emoción, donde nos imaginamos las escenas que nos precedieron y que se rememoran de Cristo camino del calvario. Y, normalmente el cielo acompaña con sus lágrimas a la comitiva que se resguarda en coloridos paraguas.
 
La noche llega, las velas se encienden y en esa obscuridad acogedora, las tinieblas no tienen cabida. La Luz de Cristo resplandece por encima de cualquier intento de ocultamiento.
 
 
Un año vimos a Juan Pablo II cansado, llevando el peso de la cruz con una enfermedad que acabó en pocos días con su vida terrena un dos de abril de 2005. Esa vez casi palpamos cómo no hacía falta texto para vivir el Vía Crucis. El mismo Papa era la encarnación de Cristo sufriente. Nos emocionamos y sentimos todos la cercanía del Padre que acogió su sufrimiento que no ha sido en vano.
 
A Juan Pablo II le sustituyó el Espíritu Santo por un Papa anciano, sí, anciano pero vigoroso, Benedicto XVI. Y a ese anciano no le tuvieron en cuenta las canas sino que, enseguida intentaron desacreditarle, sacar de contexto sus palabras, intentar generar conflictos con musulmanes por hablar de un Dios Amor, con judíos por reconocer a Pío XII y su realidad protectora de judíos en Roma, con la ciencia al reconocer que el azote del SIDA no se arregla con profilácticos sino con continencia y fidelidad matrimonial, y -últimamente- echándole encima toda la miseria de los cristianos que, con lupa, algunos han encontrado.
 
 
Hoy el Vía Crucis se siente también en vivo, sin crucifijo. Ya que viendo las injurias, los salivazos, los azotes en letra escrita que le dedican al Santo Padre, le veo como un crucificado por la purificación y redención de todos, en especial del pueblo cristiano.
 
El Vía Crucis del Coliseo no necesita literatura, basta meditar en silencio todos los ataques que han dedicado al Vicario de Cristo desde el inicio de su pontificado para ver a Cristo otra vez crucificado.
 
frid

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