martes, junio 10

Por una ética pública menos invasiva.


Empezamos a afrontar nuevos problemas éticos, nuevas presiones, nuevos modos de hacer que generan conflicto desde un paradójico relativismo. Y, como siempre, la fe no es la única perjudicada.

Cuando Enrique VIII planteaba su primacía en la Iglesia de Inglaterra proponía dos problemas: uno religioso y otro meramente ético.

Por una parte entraba en conflicto con los creyentes porque la fe y la obediencia a la jerarquía eclesiástica en temas de fe y moral quedaban condicionados a la voluntad civil. Ahí lo heroico de los cristianos era responder al dictado de la fe y atenerse a las consecuencias. Llevaba al martirio.
Pero había otro conflicto meramente ético. ¿Un hombre puede detentar el poder absoluto? ¿Puede descansar sobre un ser humano el juicio moral del obrar humano? La filosofía también se encontraría en una violencia y la razón llevaría a sufrir condena por defender a la humanidad.

Cuando Hitler decretó la solución final del pueblo judío también planteaba mal un problema ético pero que influyó en el ámbito religioso.

El cristiano ve la vida humana como querida y redimida por Dios. Hemos sido rescatados de la esclavitud por la sangre de Cristo y todos los hombres son un tesoro insustituible. Los creyentes deberían ser heroicos ante el nacional-socialismo y sus planes exterminadores.

Pero sobre todo el problema afectaba a la ética humana, a la dignidad de la persona. Su ser personal y sus derechos están por encima y no son controlables ni por una persona ni por un parlamento. La ley no puede condenar a un pueblo a morir, pero tampoco a un individuo inocente.

Tanto como cristiano como por ser humano, el alemán debería desobedecer y atenerse a las consecuencias. Ejemplos hubo: "el movimiento de la rosa blanca".

Cuando en el momento actual nos revelamos contra la imposición "de un parlamento" con decisiones que trivializan la vida humana y la hacen prescindible tanto en el aborto como en la eugenesia, la manipulación de embriones y la eutanasia por compasión, nos encontramos principalmente ante un problema ético que repercute también en nuestro ser de creyente, pero su respuesta sigue basándose en la dignidad irrenunciable de la persona.

Todo ser humano, una vez concebido, tiene derecho a vivir. Toda vida humana, al margen de su enfermedad, edad, posición o deseo de los padres, es independiente y merece ser vivida. Nadie es "una pieza de recambio". Mientras se vive hay dignidad. La vida está por encima de las inicuas decisiones asamblearias.

Hoy el conflicto se agudiza con prácticas doctrinarias en educación donde el Estado intenta implantar un criterio amoral en los individuos que lo conformamos.

Y la rebelión no es tanto por su acierto o desacierto sino por un problema ético: el ser humano es más que la suma de voluntades por muy mayoritarias que sean. Tiene algo exclusivo e inalienable: su conciencia, su criterio ético, su propia vida, sus relaciones familiares.

Hay una parte del ser humano que se comparte, que es susceptible de pactos, de acuerdos, de cesiones... pero su individualidad posee algo que nadie puede, sin su consentimiento, violentar ni manipular. Y además hay algo que ni uno mismo puede violentar: su propia naturaleza.

Por eso es importante avanzar en la "relativización" de los poderes públicos, en el estudio de sus límites, en el respeto de los ámbitos de libertad.

Hoy, más que nunca, la sociedad debe exigir al Estado que actúe con comedimiento y evitar la extralimitación de un poder que, al principio, derivaba de los seres humanos y actualmente se aplica contra el propio ser humano.

Ese es un reto que vale la pena asumir.

frid

1 comentario:

Juan Carlos dijo...

Gracias por este texto. En momentos bajos me animas y, aunque no sé ni qué es la fe, me considero orgullosamente cristiano cuando veo a alguno de vosotros defender muchas ideas y principios que, naturalmente, comparto.Y, que lo sepas, defiendo también. A pesar de no considerarme creyente(con todo lo complejo que ello conlleva), siempre me encuentro cómodo entre vosotros.Para mí, el cristianismo tiene algo muy bello: la grandeza de miras.
En fin... como siempre ha sido un placer volver a leerte.